El Mundial 2026 permite observar la migración como una dimensión central del fútbol contemporáneo. A diferencia de otros torneos, esta edición no solo se juega en tres países anfitriones, sino en ciudades atravesadas por comunidades migrantes, diásporas y formas de pertenencia transnacional. De acuerdo con el Buró de Censos del Departamento de Comercio de los Estados Unidos y Statistics Canada, hay ciudades mundialistas cuya población migrante compone al menos un tercio de sus habitantes totales.
Este dato es interesante si se compara con el 25% de los jugadores conovocados, nacidos en países diferentes a los que representan en la Copa del Mundo. La migración, un tema constante por las tensiones politicas de los últimos tiempos, tiene una recepción diferente en plataformas digitales, donde los matices de los usuarios son más positivos. Selecciones como la de Curazao, en la que 25 de sus 26 jugadores nacieron fuera del país caribeño, han generado un sentimiento positivo y fraterno en redes sociales.
Las sedes también reflejan la multiculturalidad de este Mundial. Por ejemplo, Miami ocupa el primer lugar, con 281,007 migrantes frente a una población de 487,014 habitantes, lo que representa 57.7% de su población. El estadio de los Delfines de Miami registró un 99% de ocupación durante el partido de Arabia Saudita vs Uruguay. En este contexto, el apoyo a una selección no necesariamente responde al país de residencia; el apego al país de nacimiento, a la historia familiar o a vínculos culturales cruzan fronteras.
Toronto es otro caso interesante, con 2 millones 862 mil 850 personas migrantes sobre una población de 6 millones de habitantes, lo que equivale a 46.16% de la población toal. A diferencia de Miami, Toronto combina una proporción migrante muy alta con un volumen absoluto considerable. Esto la convierte en una sede estratégica para observar la recepción multicultural del Mundial. El estadio de Toronto ha logrado la máxima capcidad en los dos primeros partidos de la fase de grupos, además de tener una recepción positiva de los usuarios en redes sociales.
En una ciudad con esta composición, los partidos pueden generar celebraciones comunitarias diversas, activación de diásporas, fan walks y conversaciones digitales que no se reducen al desempeño de Canadá como anfitrión. La segunda sede canadiense, Vancouver, ocupa el tercer lugar con 41.21% de personas migrantes de población total. Su caso es importante porque combina una alta presencia migrante con una recepción mundialista que, en los primeros cortes, aparece socialmente favorable. Tanto Toronto como Vancouver superan los prejuicios de no ser un país de tradición futbolista; sin embargo, ha concentrado el interés genuino de las aficiones de perfiles multiculturales.
Tanto Nueva York como Los Ángeles albergan al 35% de personas migrantes en el total de habitantes. Ambas sedes tienen un componente turístico que atrae a las aficiones internacionales. Tanto la población migrante como los visitantes pueden amplificar la conversación digital alrededor de múltiples selecciones; además de convertir cada partido en una escena de representación comunitaria. En New York, el Mundial llega a un gran mercado deportivo que concentra dos equipos de la NFL (los Jets y los Gigantes de Nueva York), y una tradición beisbolista que reune a Nueva York con New Jersey, que es íntrisicamente migrante y referente del Caribe Latinoamericano.
En Los Ángeles, la migración se cruza con espectáculo, industria deportiva y visibilidad digital. La comunidad hispana, especialmente las personas migrantes de origen mexicano, tienen una conexión especial con la Selección Mexicana. Esto puede explicar por qué la sede genera altos niveles de conversación en redes sociales, donde las comunidades urbanas narran la experiencia mundialista como una sede de identidad mexicana, pero fuera del territorio nacional.
La misma Selección Mexicana es un reflejo del efecto de la migración en este Mundial. Casos como Brian Gutiérrez, nacido en Estados Unidos; Julián Quiñones, nacido en Colombia; y Álvaro Fidalgo, nacido en España, muestran que la representación nacional en el fútbol va mucho más allá del lugar de nacimiento. La representación deportiva también abraza trayectorias familiares, naturalizaciones, dobles nacionalidades y decisiones afectivas sobre pertenencia y apego de las aficiones con los jugadores.
Las redes sociales permiten observar cómo se discute la pertenencia nacional, la representación de las naciones y la legitimidad de las personas migrantes: las diásporas celebran sus identidades por encima de los conflictos políticos. Por ello, Miami, Toronto, Vancouver, New York / New Jersey y Los Ángeles destacan por su composición demográfica, y son vitales para analizar la migración en el Mundial 2026, como experiencia deportiva, conversación pública e identidad digital.