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Teen takeovers

Los "teen takeovers", ¿una nueva amenaza juvenil?

2026-09-07
Maricarmen Fernández Chapou
Noticias

Aún no termina de apagarse la tendencia surgida en redes sociales de Farmear Aura, con concentraciones masivas en México, América Latina y algunos países de Europa, cuando una nueva “teen trend” ha incendiado las alarmas en Estados Unidos. Se trata de los llamados teen takeovers, una “ocupación juvenil” de los espacios públicos que, en muchos casos, se ha vuelto peligrosa.

Las batallas de aura han sorprendido por su capacidad de convocatoria en redes como Tik Tok y se han convertido en un espectáculo que, más allá de que a algunos pueda parecer ridículo o inútil, ha ganado la simpatía de quienes celebran esos actos como manifestaciones juveniles en busca de entretenimiento, identidad y pertenencia. “Farmear aura satisface una necesidad de vínculo que la digitalidad no cumple”, explica un reportaje sobre el tema publicado recientemente. Sin embargo, en lugares como Chicago, Detroit, Florida o California, otras “ocupaciones adolescentes” del espacio público no han sido tan bien recibidas.

Los teen take overs son concentraciones multitudinarias de adolescentes convocadas mediante Instagram, TikTok, Snapchat u otras plataformas para reunirse en centros comerciales, playas, parques o zonas céntricas de ciudades estadounidenses. Pero, según una nota de la DW, estas convocatorias masivas han derivado en peleas, daños, robos, ataques a vehículos, disparos y enfrentamientos con la policía.

Aunque suelen comenzar como encuentros informales para convivir, bailar y grabar contenidos, “teen takeover” es, sobre todo, una etiqueta mediática y policial, debido a que las reuniones inicialmente recreativas se han vuelto difíciles de controlar y algunos participantes han cometido actos violentos.

El fenómeno es especialmente interesante si se analiza desde la relación entre plataformas, juventudes y pánico moral. La expresión takeover, “toma”, “ocupación” o “apoderamiento”, presupone que los adolescentes invaden un espacio que normalmente no les pertenece. Además, titulares que hablan de “hordas”, “caos” o “ciudades bajo asedio” pueden convertir episodios localizados en la percepción de una amenaza juvenil nacional.

No obstante, conviene no confundirlos con protestas políticas, pandillas organizadas o saqueos planificados. Como advierte un reportaje de AP, en una misma concentración pueden coexistir jóvenes que solo quieren socializar, personas que buscan producir contenido espectacular y una minoría que incurre en conductas delictivas.

Los teen takeovers son un fenómeno real, pero la etiqueta agrupa acontecimientos muy distintos y puede exagerar la idea de una tendencia homogénea o coordinada nacionalmente. Su crecimiento visible surge de la combinación de necesidades juveniles de convivencia, falta de espacios accesibles, capacidad de convocatoria de las redes y amplificación mediática de los episodios más violentos.

Lo cierto es que la explicación puramente delictiva resulta insuficiente. Como lo describe Associated Press, los propios jóvenes han expresado su descontento ante la falta de espacios seguros, gratuitos y atractivos para reunirse. Ciertas restricciones de acceso a centros comerciales y otros espacios semipúblicos, junto con el aburrimiento durante vacaciones o fines de semana, también explican el fenómeno. Si a eso se suma la necesidad de pertenencia y reconocimiento entre pares, el aislamiento y pérdida de vínculos que enfrenta la juventud y la escasez de actividades culturales para estas poblaciones, el problema se vuelve más complejo.

La propia Comisión Comunitaria de Seguridad Pública de Chicago ha relacionado el problema con la falta de empleos de verano y de “terceros espacios”, es decir, lugares distintos de la casa y la escuela, disponibles para los adolescentes. También advierte que excluirlos sistemáticamente de los espacios públicos puede canalizarlos hacia reuniones más riesgosas.

Y, como en el caso de las batallas de aura, no es un fenómeno completamente nuevo. Chicago ha registrado reuniones juveniles convocadas digitalmente al menos desde 2019. El término teen takeover comenzó a extenderse en la cobertura mediática nacional para describir episodios semejantes en distintas ciudades. En 2026 adquirió especial visibilidad por la sucesión de incidentes durante fines de semana, vacaciones escolares y días festivos.

¿Es culpa de las redes sociales?

Las plataformas no necesariamente originan el malestar juvenil, pero transforman su escala y dinámica. Una convocatoria sin estructura formal puede alcanzar a miles de usuarios en pocas horas, gracias a la coordinación acelerada de las redes sociales. El contenido llamativo, desafiante o conflictivo es muy proclive al escalamiento algorítmico y puede obtener mayor visibilidad.

Además, los videos de una concentración ofrecen un formato reproducible y tienen gran poder de contagio. Para algunos asistentes, no basta con estar presentes: hay que grabar, transmitir y conseguir reconocimiento. Y, finalmente, unos cuantos videos violentos pueden convertirse en la representación mediática de toda la concentración, aunque la mayoría no haya participado en esos actos.

Las plataformas sociales son una infraestructura de movilización, visibilidad e imitación, las dinámicas de las plataformas explican cómo se convocan, escalan y documentan estas expresiones;  la economía de la visibilidad hace que ciertas conductas reciban más atención que otras y que sean imitadas. Pero, a pesar de todo, las redes no son la causa exclusiva de este tipo de fenómenos. Hay que tomar en cuenta, además, qué representación mediática se les da, y los sesgos que esta puede reproducir como criminalización, espectacularización y hasta posibles sesgos raciales.

Existe incluso una disputa sobre cómo nombrarlos. Algunos actores prefieren “reuniones juveniles”, mientras que representantes policiales hablan de “acción de turba” o saqueos. El nombre elegido modifica la atribución de responsabilidad y las soluciones imaginables: “delincuencia” conduce a vigilancia y castigo; “exclusión juvenil” conduce a espacios públicos, acompañamiento y programas sociales.

Más allá de las plataformas digitales, los jóvenes tienen derecho a ocupar su ciudad. La manera de enfrentar este problema tiene dos enfoques: el punitivo, con arrestos y dispersión policial, multas, toques de queda o restricciones, y el preventivo, con centros juveniles abiertos por la noche, actividades deportivas y culturales, programas de empleo de verano, consejos juveniles y participación de adolescentes. Detroit, por ejemplo, creó una oficina de asuntos juveniles, un consejo consultivo y una liga nocturna de basquetbol. Chicago ha financiado encuentros diseñados por jóvenes.

No sabemos aún cuál intervención reduce mejor estas concentraciones, pero sí sabemos que los arrestos masivos no necesariamente disuaden la conducta adolescente. El reto en realidad está en reconocer los riesgos concretos de estas tendencias digitales sin criminalizar indiscriminadamente a las juventudes.

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