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La manósfera: cuando el capitalismo digital convierte la inseguridad en negocio

2026-11-03
Luz Ma. Moreno Medrano y Jorlen Moreno*
Noticias

En los últimos meses, dos feminicidios volvieron a recordarnos que las violencias sexoafectivas no son un asunto privado ni lejano. Pamela Sairil Guevara García, estudiante de enfermería de 23 años, fue asesinada presuntamente por su expareja en la Ciudad de México. Cielo Beanjy López Cortés, alumna de la UAM Xochimilco, también fue víctima de feminicidio.

Nombrarlas importa para reconocer que detrás de cada caso hay una cadena de violencias que empieza con: control, celos, amenazas, vigilancia, humillación, aislamiento, miedo. Estas violencias no aparecen de la nada. Se aprenden, se justifican, se minimizan y se reproducen en la familia y en la escuela y, cada vez más, en redes sociales y foros digitales donde se enseña a confundir amor con posesión, deseo con dominio y rechazo con agravio.

Por ello, la pregunta no es solamente quién mata, sino quién enseña a amar, desear, rechazar y ser rechazada. ¿Qué pedagogías afectivas están formando hoy a las juventudes? ¿Qué están aprendiendo las y los jóvenes sobre los celos, el consentimiento, la masculinidad, la vulnerabilidad, la igualdad y el poder?

Aunque parezca una cuestión íntima, es profundamente educativa. Hoy, las juventudes aprenden sobre el amor y el cuerpo no solo en la familia o la escuela, sino también en redes sociales y comunidades digitales donde conviven consejos, estereotipos y discursos sobre las relaciones.

En este contexto, aparece una preocupación creciente: la manósfera. Con este término se nombra a un conjunto de espacios digitales donde circulan discursos sobre hegemonía masculina, sexualidad, feminismo y relaciones. Aunque algunos se presentan como comunidades de supuesta “autosuperación” para hombres, muchos promueven ideas misóginas, antifeministas y violentas.

El término“manósfera” proviene del inglés “manosphere” –de man, hombre, + sphere, esfera– y se refiere a una red variada de sitios web, blogs y foros en línea que promueven la masculinidad enfatizada, la hostilidad hacia las mujeres o misoginia, y una fuerte oposición al feminismo.

La manósfera no creó el machismo ni explica por sí sola todas las violencias de género. Sin embargo, ofrece nuevas plataformas para procesar el malestar masculino. Como señala Zabalgoitia, muchos jóvenes se preguntan hoy cómo ser hombres entre modelos tradicionales de dureza y un mundo que abre nuevas posibilidades emocionales. Esa búsqueda puede conducir hacia masculinidades más cuidadosas, pero también puede ser capturada por discursos que convierten la vulnerabilidad en vergüenza y el deseo en dominación.

Estos espacios se alimentan de experiencias reales como la soledad, el miedo al rechazo, la inseguridad corporal o la presión por el éxito. El problema surge cuando esas emociones son reinterpretadas como consecuencia de una supuesta amenaza representada por las mujeres o el feminismo.

La radicalización incel (o celibato involuntario) constituye una de las expresiones más extremas de este fenómeno. Según Amnistía Internacional, se trata de comunidades digitales donde convergen frustración sexual, misoginia y discursos de odio. En el texto se menciona, cómo un espacio que surgió en los años noventa como una red de apoyo, terminó derivando en una subcultura digital violenta, con códigos propios y formas de pertenencia basadas en la misoginia. Estos discursos no permanecen aislados en internet y pueden normalizar la agresión contra las mujeres e inspirar actos de violencia. En ellas, el rechazo deja de entenderse como parte de la experiencia humana y se convierte en evidencia de una supuesta injusticia contra los hombres.

No obstante, el problema no está solo en los extremos. La manósfera incluye una red amplia de influencers y foros que producen una pedagogía cotidiana de la masculinidad patriarcal, donde conviven activistas por los derechos de los hombres, artistas de la seducción y grupos separatistas masculinos que responsabilizan al feminismo del malestar propio.

Un ejemplo es el fenómeno del looksmaxxing, tendencia que promueve la optimización constante de la apariencia física masculina. Aunque puede parecer una práctica inocua de autocuidado, suele estar acompañada de sistemas de clasificación corporal que reducen el valor de las personas a su atractivo físico y presentan el deseo como un mercado competitivo.

Aquí aparece otra cuestión importante: el capitalismo digital convierte la inseguridad en negocio. Las plataformas recompensan los contenidos que generan emociones intensas, especialmente aquellos que movilizan enojo, miedo o resentimiento. De esta manera, un consejo aparentemente inofensivo puede convertirse en la puerta de entrada a narrativas más extremas. En las relaciones juveniles, estos discursos aterrizan en prácticas concretas: revisar likes, exigir ubicación, pedir contraseñas, burlarse del cuerpo o presionar sexualmente.

¿Qué puede hacer la educación frente a esto?

Primero, dejar de tratar las relaciones sexoafectivas como un tema secundario. Escuelas y familias deben abrir conversaciones honestas e informadas sobre consentimiento, límites, deseo, pornografía, violencia digital y cuidado. Para ello pueden utilizar materiales pedagógicos como el Violentómetro, que identifica señales progresivas de control, celos, humillación, amenazas o agresión en una relación. También pueden trabajarse guías sobre consentimiento, análisis de conversaciones en redes sociales, protocolos de ayuda ante acoso o difusión de imágenes íntimas, y ejercicios de diálogo sobre presión de grupo, placer, autocuidado y vínculos libres de violencia.

Segundo, promover una alfabetización digital y algorítmica que ayude a las juventudes a analizar críticamente quién produce el contenido que consumen y qué emociones movilizan. La lectura crítica es la primera defensa frente a algoritmos que capturan el enojo y la inseguridad.

Tercero, construir espacios con perspectiva de género diferenciada. Es necesario garantizar lugares seguros para que las mujeres puedan nombrar las violencias que enfrentan, pero también generar espacios donde los hombres, especialmente los hombres jóvenes, puedan reflexionar sobre la vulnerabilidad, la tristeza y el rechazo sin recurrir a discursos misóginos.

Cuarto, discutir masculinidades de manera preventiva y sostenida. Las instituciones educativas deben abordar las emociones, la sexualidad y la responsabilidad afectiva antes de que esos temas sean monopolizados por comunidades digitales que ofrecen respuestas simplistas y violentas.

Si no educamos los afectos, lo harán los algoritmos, las comunidades misóginas o los mercados de la inseguridad. La pregunta final es cómo construimos con las juventudes otros lenguajes para quererse, cuidarse y reconocerse sin violencia.

Educar los afectos es una tarea urgente de justicia de género.

Referencias

Amnistía Internacional España. (2026). El movimiento incel: la peligrosa ideología misógina que crece en Internet. Disponible en: https://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/blog/historia/articulo/el-movimiento-incel-la-peligrosa-radicalizacion-digital-que-fomenta-el-odio-hacia-las-mujeres

Oxfam. (2018). Rompiendo moldes: transformar imaginarios y normas sociales para eliminar la violencia contra las mujeres. Disponible en: https://www.oxfam.org/es/informes/rompiendo-moldes

Universidad Nacional Autónoma de México. (2025). La manósfera. Instituto de Investigaciones Antropológicas. Disponible en: https://www.iia.unam.mx/sites/default/files/2025-11/manosfera-JMR.pdf

Zabalgotia Herrera, M. (2026). Encrucijadas de la Gen Z: feminismos, masculinidades y manósfera. Revista de la Universidad de México. Disponible en: https://www.revistadelauniversidad.mx/releases/ae4bba6f-8ee4-4926-b6b2-14864b88c273/gen-z

*Plumas invitadas.

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