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Futbol y violencia simbólica

Fútbol y violencia simbólica, de cara al Mundial 2026

2026-06-09
Alfredo García Galindo (Pluma invitada)*
Noticias

El muy conocido grito homofóbico que la afición mexicana suele arrojar a los porteros en los encuentros de fútbol ha trascendido la esfera deportiva para convertirse en un tópico de debate global que expone la cultura de esa práctica y su vínculo con la diversidad sexual, los conflictos de género y la afirmación de la masculinidad violenta. Desde la literatura académica se ha caracterizado a este tipo de expresiones no solo como violencias de orden simbólico, sino también como mecanismos que apuntalan a la llamada masculinidad hegemónica y a las jerarquías sociales en contextos de alta competencia diseñados desde las formas sociales de la cultura patriarcal.

Los medios de comunicación han desempeñado un papel ambivalente en el debate público sobre el grito: si bien la prensa internacional y sectores críticos han denunciado sistemáticamente su carácter homofóbico ante la presión de la FIFA, diversos medios nacionales y plataformas digitales han acogido narrativas que, bajo el argumento de la tradición o de “lo pintoresco” del futbol, han buscado normalizar o deslegitimar la sanción institucional considerando que el mundo no entiende el ser social del público mexicano.

Esta polarización mediática se ha intensificado ante el arranque del Mundial 2026, revelando cómo las redes sociales han funcionado simultáneamente como espacios de denuncia y de reafirmación a menudo anónima de posturas que, lejos de erradicar la conducta, perpetúan la tensión entre la exigencia de inclusión internacional y las prácticas de identidad cultural en el fútbol mexicano. Esto aun cuando las televisoras hayan terminado por adoptar una posición “de denuncia” del grito, al parecer más por la presión de diversas instancias institucionales y académicas que por una genuina convicción de sus locutores deportivos y directores de información.

En estos términos, la persistencia del grito no es un hecho aislado o de mera espontaneidad de la multitud, sino una pedagogía cultural y simbólica que regula los comportamientos en el estadio mediante la validación de un modelo falocéntrico de masculinidad; es una conducta derivada de la configuración del espacio futbolístico como un dispositivo de modulación conductual, como un territorio prioritariamente varonil que recurre a la degradación del adversario al sancionar “su poca hombría” según las normas de la virilidad tradicional, pues como mencionamos arriba, es una dinámica que se ve reforzada por la tendencia entre el público mexicano a minimizar la relevancia del acto, argumentando con frecuencia que el grito no es más que una forma inofensiva de diversión o una expresión arraigada en el folclor popular. Al negar la carga discriminatoria presente bajo el amparo de la tradición, esta narrativa de trivialización actúa como un mecanismo justificativo que, lejos de ser un fenómeno inocuo, legitima la exclusión y dificulta los esfuerzos por transformar la cultura del estadio, perpetuando así la tensión entre la exigencia de inclusión internacional y las formas como se manifiesta la afición local en estos contextos.

La erradicación del grito homofóbico requiere trascender la respuesta punitiva de la FIFA hacia estas estructuras de identidad que el fútbol mexicano ha consolidado históricamente desde los códigos comunicativos de la exclusión. Esta transformación es inviable sin una intervención sistémica que alcance los entornos de socialización primaria, principalmente desde el sistema educativo y el núcleo doméstico. En estos ámbitos a menudo se perpetúa un modelo de masculinidad hegemónica que normaliza la homofobia desde la infancia bajo la apariencia de una construcción de identidad varonil, lo cual se ve reflejado en la ocupación desigual de espacios como los patios escolares, las canchas y los ámbitos de convivencia en el tiempo libre.

En suma, si bien las instituciones educativas poseen la capacidad de funcionar como instancias para la deconstrucción de prejuicios, el silenciamiento, el menosprecio o el franco ataque a la diversidad sexual en el seno del hogar refuerzan patrones jerárquicos que validan las conductas equivalentes en los espacios públicos y que perpetúan el entramado simbólico que les recubre. Ante ello, integrar procesos de sensibilización sobre la diversidad sexual y la identidad de género desde la educación básica resulta imperativo para desarticular, desde su origen, las pedagogías del odio que también se manifiestan en las gradas. De cara a la Copa del Mundo de 2026, México se enfrenta así al desafío crítico de desmantelar estas lógicas de exclusión para cumplir con estándares internacionales de respeto y, lo que es más relevante, para avanzar en el plano correspondiente en las formas de convivencia en lo cotidiano.

Referencias

Batista, C. y de La Cerda, B. (2025). Homofobia no futebol brasileiro: ILUMINURAS, 26(72), 76–90. https://doi.org/10.22456/1984-1191.147897

Castro, R. (2024). Fútbol, homofobia y masculinidad: análisis del discurso de odio hacia la comunidad LGBTQ+ [Politecnica Salesiana University]. In Universidad Politécnica Salesiana Repositorio Digital (Universidad Politécnica Salesiana). http://dspace.ups.edu.ec/handle/123456789/28791

Pons, J. C. (2014). Puto: normalización institucional de la discriminación en el fútbol. Desbordes Revista de Investigaciones Escuela de Ciencias sociales artes y humanidades - UNAD, 5, 77–77. https://doi.org/10.22490/25394150.1308

 

*Alfredo García Galindo es profesor e investigador en Comunicación. Las opiniones expresadas en este espacio corresponden exclusivamente a su autor.

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