A unas semanas de distancia del evento deportivo de mayor remuneración y alcance de audiencias, el fútbol continúa un trazo histórico y ascendente, hace ya tiempo colocado entre los espectáculos de entretenimiento más rentables por el interés global y la cobertura volcada a su alrededor.
Esta nueva edición de la Copa del Mundo, por primera vez tripartita, repetirá su curso de seguimiento constante, ritualísticamente ininterrumpido durante un mes de programación mediática repleta de reporteo en cancha durante el día y programación nocturna de mesa redonda para repasar lo sucedido en la jornada.
Para hablar del Mundial hay que hablar de medios, y para hablar de medios es necesario reconocer la presencia del espectador detrás de la pantalla. El torneo es, después de todo, un evento mediático: se convierte en el tema de conversación central durante poco más de un mes; la rutina pierde rigidez y los horarios laborales se vuelven más endebles. El boom de la televisión en los años cincuenta, más allá de ser estudiado por su avance tecnológico y el impacto social del espectador pasivo, también dio cuenta de las familias reunidas en salas de estar para sintonizar, en vivo, eventos de interés global.
La Copa del Mundo sirve, en esencia, como bitácora del avance acelerado de las telecomunicaciones; un progreso que permitió transmitir una final por primera vez en Suiza 1954. Aquel duelo entre Alemania Federal y Hungría no solo agotó los televisores en el mercado, sino que cautivó a 90 millones de personas en todo el mundo (FIFA Publications, 2024). La brecha entre el estadio y el aficionado se acortaba por medio de la pantalla.
Dieciséis años después se celebraría en México el primer mundial transmitido a color, registro histórico recordado por la solvencia satelital que enfocó los matices de un Pelé alzando la copa Jules Rimet con un Estadio Azteca estallado de fondo y cientos de millones atestiguándolo desde casa (Récord, marzo de 2026).
Los estudios de medios reflexionan el transcurso de la sociedad en su ritmo acelerado de consumo y comportamiento. Aquellos cientos de millones de personas que vieron el mundial por televisión en 1954 se multiplicaron exponencialmente hasta alcanzar los 1,500 millones para el Mundial de Catar 2022. Con cierta cautela —dado que el reporte desglosado de ingresos es puesto a disposición por la propia FIFA—, el último ciclo mundialista registró un total de 7,568 millones de dólares, un aumento del 18 % en comparación con los 6,421 millones correspondientes al periodo 2015-2018. “La mayor parte provino de la venta de derechos de transmisión televisiva, que con 3.426 millones de dólares representó el 45% de los ingresos del ciclo completo”, apunta la máxima autoridad del deporte (FIFA publications, 2019-2022 Cycle Revenue). La segunda mayor fuente de ingresos fue la venta de derechos de comercialización y campañas de marketing.
Lo anterior resalta que el modelo televisivo de espacios concesionados no es obsoleto en la era digital. Finalmente constituye la mayor fuente de remuneración de la justa mundialista. Quienes asisten pagando boletos que rondan entre los 400 y los 3,000 dólares representan una cifra complementaria frente a la gran mayoría que sintoniza el torneo mediante el canal y formato dentro de sus posibilidades —plataformas de streaming, televisión abierta o privada, radio o transmisiones desregularizadas—.
El clientelismo entre las delegaciones de fútbol y la cobertura mediática demuestra una fuerza vigente. Como apunta Juan Villoro en su reciente libro, Los héroes numerados (2026): “Los mundiales son monopolizados por las pantallas y casi todas las acreditaciones se destinan a quienes trabajan para ellas. No es casual que Juan Carlos Rodríguez, expresidente de Univisión, fuera nombrado comisionado de la Federación Mexicana de Fútbol para el Mundial de 2026, cargo al que renunció a finales de 2024 tras no conseguir consenso entre los clubes para impulsar el fondo de inversión” (2024, p. 179).
Aunado a las remodelaciones urbanas en las ciudades sede, la alta demanda de servidores ha requerido una inversión importante en infraestructura digital. Más allá de la logística en el espacio físico, la Copa del Mundo presupone una resiliencia digital que exige tanta preparación como la reorganización aeroportuaria o la distribución hostelera adecuada. El uso de IA, el volumen de interacción en redes sociales y la conectividad simultánea de los usuarios son el desafío actual, sobre todo en América Latina.
Al respecto, Cesar Linares Solorzano, gerente de Soluciones de Gestión Térmica de Vertiv, señala: “Este tipo de eventos incrementa significativamente el tráfico digital asociado con streaming, plataformas móviles, redes sociales, apuestas online y consumo de contenido en tiempo real. Eso genera mayores exigencias para la infraestructura tecnológica, especialmente en términos de disponibilidad, latencia y procesamiento simultáneo de datos” (citado en Infobae, 2026).
El fútbol es, más que nunca, un evento que ha acercado al espectador a los detalles del juego. No es necesario acudir al estadio para estar cerca del delantero, ni estar en primera fila para determinar un fuera de lugar que el VAR (Video Assistant Referee) renderiza y pone a disposición de las audiencias en cuestión de segundos. El Mundial ya no solo clasifica al fanático, sino que lo segmenta según su capacidad adquisitiva: desde quien compra un boleto de clase uno o renta un palco de 3.5 millones de pesos por noventa minutos (Mediotiempo, 2025), hasta quien desembolsa las infladas cuotas del pay-per-view o añade el add-on a su plataforma de streaming.
De otro modo, el aficionado debe doblegarse a encontrar un enlace para ver el partido exento de pagar con dinero —aunque sí lo haga con sus datos—, con el riesgo latente de que el servidor colapse por la demanda y lo deje lamentando no haber contratado el paquete mundialista.