En los últimos años hemos sido testigos del declive de la democracia en países de América Latina, que siempre han mostrado indiferencia ante este régimen político y han priorizado las condiciones socioeconómicas de la población. Esto es, no importa el régimen político, siempre que la población considere que su situación económica es estable o que tiende a mejorar. Ello, independientemente de la falta de relación directa entre ambas variables.
México no es la excepción; en el año 2000, la preferencia se situaba por encima del 60% y el porcentaje de población indiferente era sólo de 12.6%, de acuerdo con los resultados arrojados por la encuesta del Latinobarómetro. Esta situación pudo deberse a varios factores, entre ellos el deseo de cambio del partido político en el poder, mismo que se dio con la llegada del PAN al Poder Ejecutivo, con 42.5% de votos (Cantón, 2025). Asimismo, la participación del electorado en ese momento fue de 63.97% de acuerdo con las listas nominales (INE, 2000). En ese sentido, se podía afirmar que la ciudadanía, al menos en lo relativo al ejercicio del voto, estaba ejerciendo su derecho. Y si bien no es significativo de la agencia ciudadana en sí, sí dejaba ver una tendencia a la toma de decisiones respecto del gobernante en turno, con deseos de afianzamiento del régimen.
Sin embargo, 26 años después, el panorama de la democracia en México es diferente. Se observa que esos porcentajes que, en su momento, fueron esperanzadores de una consolidación democrática, en la práctica han derivado en indiferencia, con un registro de 30% y una aceptación del régimen de tan sólo 45% (Latinobarómetro, 2026). De la misma forma, si consideramos la participación ciudadana en las últimas elecciones, esta se situó en 61% (INE, 2024).
Las variaciones de participación, así como de aceptación del régimen, han generado que su consolidación sea mucho más lenta, con vaivenes entre tendencias autoritarias y una democracia más explícita en la práctica, de vez en cuando, de acuerdo con el Gobierno en turno, a pesar de su instauración en la Constitución de 1917.
Independientemente del aspecto económico o social involucrado, la democracia se ha dado por sentada; es decir, generaciones enteras nacieron bajo esta forma de gobierno, tanto en la teoría, en aquellas previas al año 2000, como en la práctica, a partir de este. Esto conlleva que, al existir un vacío en los logros alcanzados durante décadas y al no haberlos atestiguado, se minimice y se soslaye el esfuerzo anterior, sin considerar que vivir en democracia y ejercerla es labor de los ciudadanos y del propio gobierno.
La democracia demanda trabajar en su favor y ejercer una ciudadanía activa, misma que se expresa en la baja participación ciudadana en los asuntos públicos, principalmente de la población joven, quienes no se involucran por falta de interés en política, por considerar que su participación no es valorada o por falta de mecanismos para hacerlo, así como del tiempo para invertir en situaciones que no consideran relevantes porque no les atañen de forma directa, sino a su comunidad completa, sin considerar las consecuencias en su vida cotidiana. Estar en una comunidad implica que la persona se sienta e identifique como parte del entorno en el que se desenvuelve día tras día. Es cierto que, a medida que el tiempo avanza y los problemas se recrudecen, esa participación se vuelve menos frecuente y más pasiva, viéndose representada únicamente durante las elecciones, principalmente las presidenciales. Sin embargo, también existen mecanismos diferentes que las nuevas generaciones pueden utilizar para incentivar esa participación: desde dar 'like' a un post en alguna red social, hasta generar movimientos y cambios sociales a partir de la participación digital. Hay varios ejemplos de ello, como el movimiento #Yo Soy132, entre otros.
El ejercicio de la ciudadanía digital es una opción para incrementar la participación mediante canales que no demandan mayor infraestructura por parte del gobierno y no limitan el involucramiento. Este puede incluso aumentar el interés y el impacto, en el que los jóvenes se cuestionan sobre la relevancia de participar y de que sus intervenciones sean consideradas, optando siempre por no hacerlo. Ello disminuiría el desencanto de esta población, siempre relevante tanto en número como en sus propuestas para el futuro.
El mundo digital es una alternativa para abrir ese espacio de participación que podría considerarse cerrado o reservado a ciertas personas y esferas, donde no sería necesario esperar a que el entramado institucional permita la participación y genere los canales, ante una agencia ciudadana digital activa.
Referencias
Cantón, A. (2025). El manejo de la gobernanza y sus consecuencias en la participación ciudadana en México. En: Lucio Alves A. J. (Dir.), Instrumentos de Gobernanza Pública: Presente y Futuro. (1ra ed., pp. 381-402). Editorial Colex. ISBN: 978-84-1194-844-9.
Corporación Latinobarómetro (2000). Estudio 2000 Wave – Aggregated Version: https://www.latinobarometro.org/latinobarometro-2000. Madrid: JD Systems Institute.
Corporación Latinobarómetro (2026). Informe 2026. ¿La crisis de la democracia liberal? https://www.latinobarometro.org/news/informe-latinobarometro-2026.
Instituto Nacional Electoral (2000). Estadística de las elecciones federales de México 2000. https://portalanterior.ine.mx/archivos3/portal/historico/contenido/Resultados_Electorales_2000/
Instituto Nacional Electoral. Listas Nominales (2024). https://centralelectoral.ine.mx/2024/06/09/informa-ine-que-se-computaron-60-millones-115-mil-184-votos-en-la-eleccion-presidencial/