Por segundo año consecutivo, la desinformación es la principal amenaza en el corto plazo (2 años), según el Reporte Global de Riesgos 2025 del Foro Económico Mundial. La proliferación de contenido falso o engañoso no solamente es un riesgo para la democracia, también complica el entorno geopolítico sembrando dudas entre las personas. Ejemplos claros de esto se observan en zonas de conflicto como Ucrania y Rusia o Israel y Palestina, donde la desinformación actúa como un arma que intensifica las tensiones y polariza a la sociedad.
Si bien en 2024 la atención estaba puesta en el impacto de la desinformación durante los procesos electorales, especialmente en un año en el que más de la mitad del planeta celebró elecciones, en 2025 la preocupación gira en torno a la evolución de la Inteligencia Artificial. La capacidad de estas tecnologías para generar desinformación mediante la combinación de videos, imágenes, voces y textos ha alcanzado niveles alarmantes, haciendo cada vez más difícil para las personas discernir entre lo real y lo fabricado. La amenaza no está sólo en las tecnologías mismas, sino en la velocidad y el alcance con los que estas herramientas pueden amplificar narrativas falsas.
Mapa sobre la percepción de riesgo en desinformación
Fuente: Foro Económico Mundial
Los países con mayor preocupación sobre este fenómeno incluyen a India, Alemania, Brasil y Estados Unidos. No es casualidad que estas naciones sean tanto grandes economías como democracias vibrantes, donde la opinión pública juega un rol crucial. Por citar solo un caso reciente, diferentes organizaciones de verificación de información contabilizaron más de 20 declaraciones falsas de Donald Trump el mismo día que tomó posesión de su cargo. Esto evidencia cómo figuras de alto perfil político pueden amplificar y normalizar el uso de desinformación, erosionando la confianza en las instituciones.
No obstante, la preocupación no se limita a figuras públicas o naciones poderosas. El fenómeno de la desinformación está íntimamente relacionado con otros problemas críticos como la polarización social, la violación de derechos digitales, el derecho a la información, los conflictos entre estados, el espionaje, la censura y la vigilancia. La desinformación no opera en el vacío; su impacto comprende desde la toma de decisiones cotidianas pero se entrelaza con un amplio espectro de riesgos globales.
En cuanto a las posibles soluciones, el Reporte Global de Riesgos señala diversas aproximaciones para combatirla. La educación encabeza la lista, con un 30% de los encuestados identificándola como la herramienta clave para construir sociedades resilientes. Le siguen los enfoques colaborativos entre diferentes actores, que representan el 18%, y las legislaciones nacionales y locales, con un 17%. Sin embargo, estas cifras también revelan una fragmentación en cómo abordar el problema, lo que subraya la necesidad de acciones urgentes en diferentes niveles y magnitudes.
En definitiva, la desinformación no sólo es un desafío técnico o político. Es una amenaza existencial que afecta el tejido mismo de nuestras sociedades. Ignorarla o subestimarla equivale delinear un futuro marcado por la desconfianza y la fragmentación. La capacidad de cambiar el rumbo depende de la educación, la colaboración y la legislación.